Entrevista a una hokkēplayer: María López en El Mundo

María López: ‘Me llaman princesa y ya me da igual’

 

Navidad anticipada: el pasado jueves, un email envuelto en celofán, la España de hockey hierba femenino recibía billete para los Juegos de Río. Sudáfrica no quiso ser África y pese a tener invitación olímpica como campeona continental (tras endiñar, por ejemplo, un 30-0 a Botswana) se prometió que o conseguía la clasificación en la Liga Mundial del pasado junio o renunciaba. Fracasó y, aunque esperó seis meses para hacerlo, finalmente cumplió. «Nosotras nos habíamos ganado ser primeras reservas y ellas habían anunciado que no irían, pero tardaron tanto en hacerlo oficial que ya creíamos que estaban de broma», admite María López (Gijón, 1990), que acude a la cita en el CAR de Madrid perfectamente conjuntada: chaqueta rosa, stick rosa.

 

Diga la verdad: tenía este look preparadísimo.
No, no, ha sido coincidencia. Hace años sacaron palos de colores y escogí el rosa, pero no es una manía, puedo cambiar. No tengo caché para caprichos [Ríe]
Princesa, le llaman las compañeras. ¿Aún se molesta?
[Suspira] Ya me da igual. Salí en la portada de una revista especializada, titularon «La princesa de Asturias», en el vestuario hizo gracia y me quedé con eso. Al principio no me gustaba nada, pero, ahora… Bueno, qué le voy a hacer.
Por su carácter en defensa no será. Suerte tiene de que el hockey sea un deporte tan limpito.
Alguna tangana hay, no creas, pero, sí, impera el juego limpio. Piensa que todas llevamos un palo en la mano, si no mantuviéramos la calma podríamos matarnos. De hecho, en cuanto nos enganchamos, lo primero que hacemos es soltar el stick.
Tras una década jugando, algún palazo se habrá llevado.
Muchos, pero siempre llevo espinilleras, guantes y protector bucal. Siempre. Tengo compañeras que, por no querer ponérselo, por incomodidad o por coquetería, han acabado comiendo papillas un mes. Hace tiempo, me dieron cerca de un ojo y aquí está la cicatriz [señala], para siempre.
Dígame que no soy el único que, en los partidos de hockey hierba, no ve nunca la bola.
¡Qué va! Yo a veces estoy jugando y tampoco sé dónde está [Vuelve a reír]. Ahora están intentando mejorar la visibilidad para la televisión, en algunos países empiezan a hacer campos azules y a utilizar bolas fosforescentes, pero es muy complicado.
Da igual, parece que los partidos siempre se acaban resolviendo en los penalti-córner.
Es exagerado, pero tienes razón. Cada vez hay más igualdad y, al final, la mitad de los goles son de penalti-córner. A mí me gusta, es algo característico del hockey, lo trabajamos mucho y cuando funciona, cuando la táctica sale bien, es fantástico.
¿Qué se siente al llegar a la selección y, de entrada, vivir el peor resultado en 20 años?
¡Puf! No estar en los Juegos de Londres fue durísimo. Yo daba por hecho que íbamos a ir, era lo normal, no faltábamos desde Barcelona 1992 [oro]… Fue el peor momento de mi carrera. Y cuando empiezas a ver que, además, después, se reducen las concentraciones, las ayudas…
¿Quiso volver al tenis?
No, no, nunca me lo tomé en serio. Era socia del Grupo Covadonga, en Gijón, y simplemente probaba todos los deportes. Mi hermano empezó a jugar al hockey y yo, a los 13 años, le seguí. Era la única chica del equipo. Mis padres me decían: «¿A ver cuánto duras?», y he durado, he durado.
Hasta llegar a ser excepción: parece que sólo se juegue al hockey hierba en Cataluña.
Allí está la base y, es verdad, es más difícil llegar si eres de fuera. Cuesta bastante que te vean. Yo tuve suerte: caí en una buena generación en Asturias y pudimos competir a buen nivel en los campeonatos regionales de España. A los 16 años me ofrecieron venir al CAR, pero preferí esperarme dos años, hasta acabar bachiller.
Y, ahora, ya es licenciada en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Complutense de Madrid. Dicen, además, que con buenísimas notas.
Tampoco tan buenas, normalitas [Se sonroja]. A veces parece que sea imposible compaginar deporte de élite con estudios, pero, en realidad, no lo es. Sólo hay que organizarse muy, muy bien.
Joven, talentosa y preparada. ¿Cuándo emigrará?
Algún día, quizá, no sé. Estoy muy bien en el Club de Campo [su club desde 2010], tenemos una buena plantilla, podemos competir con los mejores clubes de Europa, pero también me gustaría vivir la experiencia. Algunas compañeras juegan en Holanda, la cuna del hockey, y siempre me animan a marcharme con ellas.
Suficiente tiene con ser parte de la generación Alsa. Cada día en redes sociales demuestra cuánto añora Asturias.
Mucho, mucho. Y además cada vez voy menos. Al final, como es lógico, montas tu vida fuera, amigas, trabajo [en desarrollo de negocios de Caser Seguros]… pero siempre añoras tu tierra. Debería poder ir una vez al mes. Por ley.
Una pequeña recompensa: ya tiene un humilde club de fans.
[Ríe de nuevo] En Valencia, donde jugamos en junio la Liga Mundial [ganaron a Sudáfrica la decisiva sexta plaza] nos trataron muy bien. Había mucha gente joven y una niña monísima me entregó una carta preciosa y una foto firmada. Cosas así molan muchísimo porque en los deportes minoritarios no estamos acostumbrados. Lo recuerdas siempre.
Y una gran recompensa: ¿Una medalla en los Juegos?
Ojalá la consigamos. Será un torneo complicado porque no sobra nadie, todas las rivales son duras. El principal objetivo es meternos en cuartos de final y, más allá, ya todo es ponerse a soñar.

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Fuente:

http://www.elmundo.es/deportes/2015/12/21/5677cceae2704e673e8b45d9.html

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