#NeverGiveUp #HokkēPLAYER #HokkēTEAM

Emociones y deporte

IFWT_Nets-Bucks-3

EMOCIONES EN EL DEPORTE

 

Continuamente se habla de la importancia de las emociones en el trabajo, en las relaciones sociales, en la vida familiar, a la hora de consumir, etc. Igualmente en el deporte, las emociones juegan un papel muy relevante, ya que pueden mejorar o perjudicar el rendimiento del deportista.

 

Tradicionalmente, todo lo relacionado con lo afectivo se ha dejado de lado ya que se consideraba que era un rasgo de debilidad y que entorpecía la ejecución. Recientemente, la investigación realizada sobre afecto y emociones ha puesto de manifiesto que no sólo no hay que apartarlo sino que además es conveniente gestionarlo y manejarlo para conseguir sus beneficios. De hecho, se ha encontrado que el afecto influye en distintos procesos cognitivos como son la atención, la memoria, la toma de decisiones así como en el procesamiento de la información. Así, las emociones negativas favorecen un procesamiento más sistemático y detallado, que requiere mayor esfuerzo cognitivo. Por el contrario, las emociones positivas tienden a promover un modo de procesamiento más esquemático, superficial y rápido.

Pero, ¿cómo influyen las emociones en el deportista?

En función de la modalidad deportiva o incluso de la tarea concreta que esté realizando el deportista, se ponen en marcha diferentes procesos cognitivos, por lo que la influencia del afecto sobre el rendimiento dependerá de cómo afecte a estos procesos cognitivos.

Los procesos cognitivos que tienen más influencia en deportes de carácter abierto como son los deportes de equipo son: atención, percepción, memoria y toma de decisiones.

La atención se ve influida por el estado afectivo del deportista. Así, por ejemplo, se ha encontrado que los niveles altos de ansiedad favorecen un modo de procesamiento caracterizado por una acentuada vigilancia hacia estímulos de contenido amenazante. Por tanto, si un jugador de baloncesto tiene un alto grado de ansiedad y el partido está en su recta final y con marcador igualado, posiblemente esté atendiendo en mayor medida al poco tiempo que a jugar, por lo que su rendimiento disminuirá. Igualmente un jugador que acaba de salir de una lesión grave y tiene miedo a recaer, tiende a centrarse más en la zona que estaba lesionada que en jugar.

Igualmente, el estado emocional del deportista afecta en la interpretación de las situaciones, es decir, en cómo percibe las situaciones, especialmente, las futuras y las ambiguas.

En general, los deportistas con estados emocionales positivos tienden a considerar que la probabilidad de hechos futuros positivos (victoria en la próxima competición) es mayor que la de hechos futuros negativos (derrota en la próxima competición). En cambio, los deportistas con estados emocionales negativos tienden a atribuir una mayor probabilidad a los hechos futuros negativos o desfavorables. Esto tiene consecuencias importantes ya que la emoción en este caso puede guiar nuestra motivación. Así, el deportista que cree que puede conseguir buenos resultados en la próxima competición, se esforzará en mayor medida que el deportista que cree que no los va a obtener.

De forma similar, la interpretación que hace el deportista de situaciones y estímulos ambiguos tiende a ser coherente con el estado emocional que tiene en cada momento. Así, la situación tiende a interpretarse de forma negativa cuando el estado emocional del deportista es negativo que cuando es positivo. Por ejemplo, cuando el deportista tiene un estado emocional negativo porque su equipo va perdiendo tiende a percibir los errores de los árbitros como más perniciosos, a propósito, etc. que cuando está en un estado emocional positivo; una falta es interpretada como malintencionada en mayor medida cuando se está en un estado emocional negativo que cuando se está en un estado afectivo positivo.

Por otra parte, el estado afectivo del deportista también afecta a la imagen que tiene de sí mismo. Un deportista con un estado afectivo negativo tiende a interpretar sus características de forma más negativa que un deportista con estado afectivo positivo. Por ejemplo, después de una derrota, los deportistas suelen ser bastante críticos con su actuación. Si bien es normal que en un momento de bajón, uno se autoevalúe de forma negativa; esto resulta muy pernicioso si se mantiene en el tiempo ya que afecta a la autoestima de la persona (i.e., valoración global que hace una persona de sí misma).

Con respecto a la influencia del afecto en la memoria, hay que señalar que normalmente se suele recordar en mayor medida aquellos acontecimientos que son coherentes con nuestro estado afectivo. Así, el deportista que tiene un estado afectivo negativo tiende a recordar sus malas actuaciones, incluso recreándose en ellas; en cambio, el deportista con un estado afectivo positivo tiende a recordar aquellas buenas actuaciones consistentes con su afecto.

En cuanto a la influencia de las emociones en la toma de decisiones hay que comentar varias cuestiones. Por un lado, los estados afectivos positivos suponen un procesamiento de la información más esquemático; en cambio, los estados afectivos negativos suponen un procesamiento de la información más detallado. Así, si un jugador tiene un estado afectivo positivo tenderá a decidir rápido y lanzar  a canasta; en cambio, un jugador con un estado afectivo negativo puede pensárselo dos veces y al lanzar más tarde, da tiempo a que llegue el defensor.

Por otra parte, el estado afectivo puede alterar la valoración de las consecuencias de hacer una elección. Las personas con estado afectivo positivo tienden a ser más arriesgados que las personas con estado afectivo negativo, pero cuando el riesgo es leve o imaginario. Por ejemplo, cuando el marcador de nuestro partido de baloncesto está a favor, el jugador tiende a hacer jugadas más espectaculares y arriesgadas ya que su estado afectivo es más positivo que cuando el marcador está en contra.

En cambio, cuando el riesgo es real y lo que se arriesga es importante, los estados afectivos positivos llevan a una mayor evitación del riesgo. Esto puede deberse a que el deportista con estado afectivo positivo está motivado para mantenerse en ese estado. Pasar de un estado afectivo positivo a otro negativo inducido por las consecuencias desfavorables de una decisión arriesgada supone, en este sentido, una pérdida mayor que si el punto de partido es un estado afectivo neutro.

Por último, las emociones de alta activación (enfado, ira, euforia, etc.) tienden a favorecer la impulsividad, impidiendo la valoración de las consecuencias de nuestros actos y haciéndonos perder el control. Por ejemplo, una discusión o pelea por un choque entre jugadores. Una forma de evitar estas situaciones desagradables es favorecer la enseñanza de habilidades de autocontrol.

Cristina Bernabé

Psicóloga deportiva

0 Comentarios

Dejar una respuesta

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies. ACEPTAR

Aviso de cookies